comida enlatada

Comida «prefabricada».

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El soporte nutricional en caso de convalecencia de un paciente, incapaz de ingerir alimentos, se remonta a más de tres mil años en la historia de la humanidad. Con técnicas rudimentarias antiguas se aplicaban enemas, ya que el acceso rectal era la única posibilidad. Así se aseguraban de que el paciente no sufriese inanición durante el proceso curativo de la enfermedad, que le llevaría a un inevitable debilitamiento generalizado y fallecimiento por falta de nutrientes.

Se dice que en 1881, al Presidente James Garfield (EEUU) se le aplicó, durante 79 días, un caldo elaborado con carne y whisky por vía rectal. Por su parte, los antiguos egipcios y los griegos, utilizaban caldos, bebidas alcohólicas, leche y otros alimentos para tratar a sus enfermos. Sin embargo, no fue hasta el siglo XII hasta cuando se describió la nutrición orogástrica (por medio de un tubo que se introducía desde la boca hasta el estómago y por el que se administraban alimentos líquidos). Aunque no se reconoció su utilización hasta el siglo XVI.

Hoy en día, los preparados alimenticios para pacientes que no pueden alimentarse por sí mismos y que se administran vía parenteral, contienen los nutrientes necesarios para su recuperación. Hasta aquí, sabemos que una persona convaleciente ha de estar bien nutrida para que el tratamiento médico aplicado pueda llegar a ser satisfactorio.

Los sustitutivos de las comidas.

Se considera a la obesidad una de las enfermedades del siglo XXI. Aunque más que una enfermedad, se podría decir que es una circunstancia que puede desencadenar numerosas patologías y predispone a diversas enfermedades. Pero la «moda» de bajar de peso se gestó en la primera mitad del siglo XX, cuando se diseñaron las medidas estéticas idóneas para el cuerpo (sobre todo femenino, como el famoso 90-60-90) y se crearon las «tablas de pesos y medidas», donde se indicaba el «peso ideal» (creado por compañías aseguradoras de EEUU). Hoy en día, los profesionales de la salud nunca hablan de «peso ideal» sino de peso saludable, tal vez idóneo o normal y los baremos se adaptan a la realidad y no a unos estándares teóricos imposibles de llevar a la práctica.

Por todo lo anterior, en el siglo pasado surgieron los «sustitutivos de las comidas». Estos se pueden persentar en forma de polvos solubles en agua o leche, denominados «batidos», sopas y purés (que generalmente también vienen deshidratados), o en forma de barritas, . Así, en lugar de sentarse a la mesa con un plato de comida, la gente compra productos que, presumiblemente, aportan todos los nutrientes necesarios y facilitan el adelgazamiento, ya que son bajos en contenido energético (kilocalorías o kilojulios).

Pero he de decir que no se ha demostrado su efectividad a la hora de perder peso. Alimentan, sí, pero ¿conviene sustituir una comida equilibrada por este tipo de productos? Sinceramente, no lo creo necesario. Aunque puntualmente se podrían incorporar a la propia dieta, en absoluto son imprescindibles cuando se quiere bajar de peso ni aseguran que nuestra alimentación va a ser apropiada, suficiente y saludable. Para conseguir una fórmula adecuada y equilibrada, hay que practicarla, es decir, crear hábitos al respecto, pero no creer que un producto prefabricado va a solucionar nuestros problemas, sobre todo cuando no estamos convalecientes hasta el punto de que ha de ser «otro» quien nos administre los nutrientes necesarios para nuestra buena salud.

imagen: se-vende.com

Autor

Dolores Latorre
Dolores Latorre

Técnico Superior en Nutrición y Dietética (España). Escritora. Autora de "El fin de la dictadura dietética" (Ed. Círculo Rojo).

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