Rubén Moreta

Oda a la Vida Simple

En Opinión  por

Definitivamente, para las personas mayores evocar su niñez siempre es placentero y nostálgico, quizás porque nunca volverá a repetirse. Es ley de la vida que así sea y para nada deseo cambiarlo.

Es hábito –quizás mal hábito- de los “viejos” recordar esos momentos agradables que teníamos los muchachos de “antes” y que no disfrutan y hasta desconocen los “muchachos de estos tiempos”, evocación que nos permite comparar el cambio brusco que en menos de cincuenta años ha dado nuestra sociedad y la humanidad en su conjunto con las vertiginosas transformaciones en la socialización, los avances tecno-científicos, la transculturación y los cambios geopolíticos.

En nuestras propias narices ha desaparecido –no se aún si para bien o para mal- el modelo de vida simple, mientras la modernidad y postmodernidad tardías nos dictan y restriegan una lógica consumista desbordada, a las que nos obligan los “dueños del sistema” a través de los medios de comunicación, con sus profusas y efectivas campañas de marketing.

Uno de esos momentos agradables en nuestra infancia pueblerina-y de todos los de mi edad- era disfrutar de un Helado de Coco o de sabores, hecho en casa o comprado en el vecindario, donde había una nevera (que en mi precaria niñez, era un artículo de lujo para los hogares). Era algo sublime llevar al paladar un alimento refrigerado y azucarado de este tipo, que se compraba a un centavo o chele.

Los helados se hacían tipo cuadrito o en “potes” reusados de compotas de niños. Si era de coco, la concha en la parte superior era la más apetecida. Y uno chupaba y chupaba el helado hasta el final. ¡Que sabroso¡.

Los helados los elaboraban también de otros sabores: frambuesa, menta, limón, chinola, guayaba, guanábana, tamarindo,   entre otros. Pero el de coco era mi preferido.

Estos helados caseros se comían en el hogar o el barrio, y en la Escuela y en el Liceo se vendía el Frío-Frío, que se hacía tras guayar un block de hielo con un cepillo especial que había al efecto. El frío-frío se vendía a dos centavos, luego subió a tres cheles y se servía en un vasito cónico, con el interior blanco, con diferentes sabores: jagua, guayaba, coco, frambuesa, limón, y otros.

Otra modalidad del Frío-Frío era el “corazón”, que consistía en dos guayados pegados, cuya forma simulaba un corazón, aderezado con los sabores descritos antes, y costaba dos cheles.

Vaya mi reconocimiento y recordación a “frieros” destacados de mi ciudad, como José Díaz, alias Macho, quien nació en Pedro Corto el 17 de Octubre del 1944 y falleció el 4 de mayo del 2003. Vendía Frio-Frío en su triciclo en la calle Colón con Independencia de San Juan de la Maguana y en la Escuela Primaria y luego en el Liceo. Otro friero destacado fue su hermano Santiago Díaz, alias Chago.

También, fue friero durante varias décadas Braulio Alcántara, alias Maco, en la Escuela Francisco del Rosario Sánchez, quien siempre tenía una sonrisa juguetona en su cara. Hoy, retirado de esos afanes, menguado físicamente, sigue regalándonos su misma sonrisa.

La mujer también dijo presente vendiendo frio-frío. La más conocida se llamaba Hortensia, la primera mujer sanjuanera que tenía como oficio vender frío-frío.

Otros grandes frieros sanjuaneros fueron Teo, Gil, Boy, Manuel, Duarte, Penco, Liberato, Kino, Viví, Félix, Cura y Felipe.

En el recreo escolar de mi época merendar un Frío-Frío o comer una jalea –preferiblemente “jalosa”-, y en la casa saborear un helado casero, eran fuentes de inmensa felicidad.

¡Qué tiempos más buenos! Ummm.

Autor

Rubén Moreta

Periodista, Investigador y Profesor de Sociología Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

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