Rubén Moreta

Ancianidad, Pobreza y Desatención

En Opinión  por

Definitivamente, nadie ha bailado ni cantado más que Onelio Jiménez, alias Facundo. La mayoría de las canciones que canta y baila él mismo las compone o improvise. Muchas aluden a su amada Apacia.

Todos los sureños conocemos a Facundo. Se trata un personaje pintoresco que corretea alegría en aluvión –quizás- como máscara de su desdicha y penurias materiales.

Lo conocí de niño vendiendo Helados Fondeur   en paletas –que confieso a los/las jóvenes de hoy que eran las mejores y más sabrosas paletas del mundo- que elaboraba un migrante mocano en los años setenta y ochenta llamado Mario Fondeur y su familia (de ese apellido el nombre de la marca), en una fábrica que funcionó en la calle Trinitaria esquina Dr. Cabral de San Juan de la Maguana.

Facundo era uno de los vendedores estelares de Helados Fondeur, con un cajón de madera color verde en su hombro y una campana manual. Luego, llegaron a dicha empresa unos “innovadores” carritos rectangulares de color blanco, con una campanita en el manubrio de empujarlo. Y él, cantando y bailando, reclamaba que los niños salieran a comprarle helados echando un “San Antonio”: “Griten muchachos del Diablo, griten, griten para que le compren helados”.

De la manera que este vendedor mercadeaba su producto provocaba la risa de todos.

Facundo tiene 84 años de edad y aunque está “corto” de vista sigue trabajando en su triciclo, y lógicamente continua haciendo gozar a la gente con sus ocurrencias y excentricidades.

Este anciano ha tenido disímiles trabajos: Guardia de la Era de Trujillo, guardián nocturno, vendedor de helados, panadero, carnicero, paletero (vendedor de “mentas”, cacaítos, chicles, galletitas, y otros dulces) y vendedor de kerosene y carbón vegetal.

Todos estos oficios los ha ejercido con una jocosidad peculiar, que lo convierte en uno de los personajes más pintoresco y folclórico de la región.

Facundo nació en Barahona –con razón “cuatriboliao”- en el año 1930 emigró a San Juan de la Maguana en el 1969. Se casó con Apacia de Oleo, quien ha sido su única mujer durante 52 años, con la cual procreó diez hijos, de los cuales murieron siete, algunos trágicamente.

A pesar de las adversidades, este hombre sigue sonriéndole a la vida y a la gente, quizás como artificio para esconder sus reveses, mala suerte o fucú.

Los que siguen el canon cristiano hablan de pruebas que su Dios les impone a los hombres que le siguen, para calibrar la templanza de su fe. Pero si es una prueba divina la dictada a Facundo para vivir hundido eternamente en la indigencia, contra él más bien se ha desatado un ensañamiento inmisericorde, ya que ha estado condenado a arrastrar todos los días –sin descanso-un triciclo cargado con mercadería en toda la ciudad, por todos los campos y por todos los municipios de esta provincia sureña.

Facundo va a vender en su triciclo kerosene o carbón vegetal a Vallejuelo, Sabaneta, y hasta a las Matas de Farfán.

Algo fundamental: su viejo triciclo no tiene cadena. Tiene que empujarlo. Uffff.

Tenía mucho tiempo que no veía a Facundo. Ayer lo alcance a ver. Andaba con su camisa desaliñada más de lo habitual y con varios botones sueltos, el pantalón un poco tiznado y sus manos hasta el codo ennegrecidas.   Me acerque, lo salude con el agrado de siempre, y le pregunté qué estaba vendiendo y me respondió muy alegremente: ahora soy carbonero.

Al oírlo, se me hizo un nudo en la garganta, baje la cabeza y en mi interior maldije la pobreza y maldije a todos los de arriba que fabrican los pobres de abajo, porque ese hombre, a su edad, debería estar tranquilamente descansando en su casa   con su familia, provisto desde el Estado, de una protección socioeconómica. Pero aún trabaja para poder subsistir.

Encontrándome momentáneamente aturdido por el cuadro tétrico que presenciaba, Facundo comenzó a cantarme, con su desafinada voz, una de esas canciones dedicadas a Apasia, haciendo un baile dando golpes abdominales, y entonces reflexioné sobre las veleidades humanas y la extraña forma como este anciano desvalido es feliz o simula serlo, vendiendo carbón en su triciclo sin cadena a sus 84 años de vida.

Autor

Rubén Moreta

Periodista, Investigador y Profesor de Sociología Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD).

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Comentarios

  1. Isabella Tolosa Serrawe 17 junio, 2015 a las 6:19 pm
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    Es una historia de esas que uno ve en millones de personas que carecen de recursos y se quedan anclados en un oficio o varios por décadas, sin opciones pero más allá de la pobreza es la falta de oportunidades en una sociedad desigual ; estas personas mayores son responsabilidad del gobierno ya que a falta de una pensión , deben ser subsidiados por el ..pero desgraciadamente los gobiernos no se comprometen con ajustar una ley de beneficios para estas personas; de antemano lo felicito por hacernos partícipe de esta historia .

La realidad existe como un absoluto objetivo: los hechos son los hechos, independientemente de los sentimientos, deseos, esperanzas o miedos de los hombres

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