Cuando te abandona tu sombra

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Mosquea era un campesino que en la década de los 60’s (cuando escaseaban los automóviles y carreteras) montaba a Bobito, un caballo que además de transportarle le acarreaba la carga que para fines de venta solía llevar al mercado del pueblo. Un día, luego de Mosquea culminar sus tareas, montó su caballo rumbo al campo; de repente una gran tormenta; todos corrieron a refugiarse de la lluvia; sin embargo, Mosquea se quedó al lado de su caballo, al que abrazó muy fuerte bajo la incesante lluvia. Pasado el fenómeno, se acercó Miguel, quien desde el interior de una cabaña no había dejado de contemplar aquella escena; y le recriminó a Mosquea no haberse guarecido de la tormenta como ellos, a lo que este, con una escueta sonrisa respondió: «porque no podía desproteger a mi caballo».

La anterior anécdota nos invita a reflexionar y arraigar en nuestras convicciones que jamás debemos abandonar en plena tormenta a aquellos que tanto cobijo nos dieron del implacable sol en meridiano. ¿Saben por qué? Porque ese es el preciso momento en que buscamos por todo nuestro rededor y nos damos cuenta que hasta nuestra propia sombra nos ha abandonado. «Si estamos bien, nos tratan con cariño, nos alaban y hasta nos adulan; mas si caemos en desgracia del destino solo por compromiso nos saludan; el que nada tiene, nada vale, en toda reunión pasa por necio; y por más noble que sean sus hechos, solo alcanzan la burla y el desprecio». Dice un fragmento de Verdades Amargas.

Ser excelente hermano, amigo, esposa, esposo, padre, madre o cualquier denominación, de alguien en sus momentos gloriosos, es como pelar mandarinas. Los bancos no ofrecen sus tarjetas de crédito a alguien que saben ha perdido su empleo o medio de producción (justo cuando realmente la necesita); sino a personas que perciben mover mucho dinero en sus cuentas (quienes pueden resolver con una tarjeta de débito o pago cash). Es muy fácil ser generoso con alguien que está en abundancia, mas nos olvidamos de los que precisan de nuestra mano solidaria.

Erróneamente creemos que un delincuente es solo aquel que ha matado, que ha robado, que ha estafado o que de alguna manera ha quebrantado o infringido nuestro ordenamiento jurídico. Etimológicamente, la palabra delincuente proviene de «delinquens», «delinquentis», refiriéndose a obrar por defecto o dejar de cumplir una norma por abandono. En efecto, no hace falta recibir dinero y matar a alguien por encargo para ser un sicario; no es preciso meterse a una casa y llevarse un maletín de joyas u otros objetos para ser ladrón; como tampoco tener sexo con otra persona para ser infiel.

Cuando sin pruebas nos dejamos seducir por la corriente popular despotricando a alguien e imputándole cosas que ignoramos, nos convertimos en sicarios gratuitos de la moral y buen nombre; cuando usufructuamos algo que el sudor de nuestra frente o nuestro intelecto no ha producido, somos ladrones; cuando dibujamos en nuestra mente la silueta cuasi perfecta de ese ser que deseamos tener debajo de nuestra manta, pero por desaprobación, reproche social u otras consecuencias no consumamos, ya somos infieles.

Cuando nos coludimos con delincuentes y usamos subterfugios o medios fraudulentos para obtener herramientas que utilizaremos a nuestro favor para demostrarle a otro haber faltado, nos convertimos en peores delincuentes que aquellos con los que nos hemos asociado; y peores que la persona que pretendemos exponer. Alguien que se vende como íntegro, probo, correcto e intachable, jamás hace contubernio con delincuentes para encaminar acciones en conjunto de ninguna naturaleza.

A pesar de todo lo anterior, el peor crimen que puede cometer una persona contra otra es luego de presumir sus gloriosos momentos, surcar escenarios exóticos, usufructuar un modelo de vida jamás soñado; ser una luna, que aunque no posea luz propia, destella la reflejada por su astro; abandonarle bajo la oscuridad en medio de un río turbulento, a sabiendas que precisa de fuerzas externas para salir a la orilla y estar a salvo. Quien así actúa, es un vulgar criminal y como rata, sale huyendo del barco cuando es golpeado y movido por las olas.

 

Autor

Cristian Hidalgo

Escritor, Ingeniero Civil de profesión y Realtor de oficio. Desarrollador de proyectos inmobiliarios, Asesor de Fideicomisos, Ley 189-11

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