Un muro que no limitará la frontera

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El pasado 27 de Febrero, día en que el Señor Presidente de la República rinde un informe de su gestión a nuestro Congreso y al país, lleno de euforia y notorio entusiasmo el mandatario anunció la construcción del muro fronterizo para delimitar los 376 kilómetros que definen nuestra limítrofe con el vecino país de Haití. Los vítores y aplausos no se hicieron esperar de los presentes en aquel cónclave, desde donde fueron anunciados otros proyectos trascendentales para el desarrollo de nuestro país.

El Señor Presidente es un hombre bueno, bien formado y preñado de las mejores intenciones para con su pueblo, poniendo sus oídos en el corazón de éste. Para nadie es un secreto que existe un clamor popular para que se establezcan controles migratorios con los nacionales del oeste; sin embargo resulta anacrónico el método de control fronterizo erigiendo un muro físico, cuando otras naciones han retirado los que tenían.

«Si quieres vivir como rico, múdate a un barrio de ricos». A nosotros nos ha tocado la pesada cruz de cargar en nuestros hombros al más pobre país del continente, sin esperanza alguna de que elijan otro espacio para emigrar, dada nuestra condición de aislamiento geográfico. En todas partes del mundo, cuando dos países (uno pobre y otro rico o menos pobre) hacen frontera, por el principio de «vasos comunicantes» los habitantes del país más pobre emigran hacia el otro en donde entienden lograrán mejor modo de vida. Para muestra de ello, los consulados ubicados en esas naciones, facturan una alta cantidad de recursos por concepto de emisión de visado.

Es cierto que nuestro país no puede (aunque quiera) cargar con la pobreza haitiana; no menos cierto es que se precisa establecer políticas tendentes a que los haitianos se queden allá y nosotros continuemos aquí. Sin embargo, contrario a lo que piensa nuestro superior gobierno, creemos firmemente que la solución a ese mal no es tan simple como la elevación de una pared fría de hormigón, analógica o digital, con controles humanos o mediante equipos de drones y alta tecnología. Todo ello, lejos de aportar la solución empeorará el problema.

Según palabras de nuestro canciller Roberto Alvarez, 190 kilómetros del muro costarían al gobierno dominicano más de US$100 millones, por lo que cubrir toda la frontera implicaría no menos de US$200 millones de dólares (RD$11,700,000,000.00); para lo cual se abocan a «negociar con dos compañías israelíes y con otra española para la edificación de muros fronterizos, no solo físicos sino también tecnológicos». Una vez terminado el muro, pretendemos establecer serios controles para evitar el trasiego de ilegales, lo que constituye una quimera.

No existe manera coercitiva ni represiva que evite el tráfico de ilegales haitianos para nuestro país. Con la construcción del muro se hará a las empresas constructoras más ricas;  se enriquecerán mucho más los cónsules dominicanos asignados a ese país, por incrementarse significativamente las solicitudes de visado tanto de turista como de trabajo; se harán más ricos los custodios del muro y la frontera; se establecerán viajes ilegales aéreos en avionetas que surcarán el espacio a una altitud tan baja que no sean detectados por los radares; cruzarán en yolas; se construirán túneles para el trasiego tanto de humanos como de drogas, armas y otras mercancías prohibidas; entre otros métodos. En sentido general, preferirán morirse en el intento, pero cruzarán la frontera de la manera que sea.

Nuestro principal problema ha radicado que le hemos dado de lado a ese gran calvario y no hemos establecido políticas públicas para atacarlo de frente. Ninguno de nuestros gobernantes se ha interesado seriamente en contribuir con la solución del problema haitiano, soslayando de alguna manera, que si Haití mejora sus condiciones de vida, también lo hará nuestro país porque será más liviana nuestra carga. Designamos embajadores y personal diplomático en todos los países del mundo con los que tenemos relaciones, pagándoles onerosas sumas de dinero para que sean turistas; se celebran asambleas y ni nuestros presidentes como tampoco los embajadores han clamado ante esos foros, que debemos rescatar a Haití, pero que precisamos para ello del concurso de todos los actores de la región ya que nosotros no podemos hacerlo solos.

Si por un lado se crean condiciones (al menos básicas) en ese país que inviten a sus nacionales a quedarse allá y por otro lado se crean en el nuestro políticas públicas tales como: a) prohibir la contratación de mano de obra de ilegales; b) el alquiler de alojamiento (tanto por día como por mes); c) realizar ningún tipo de operación comercial; todo ello con un régimen de consecuencia para el dominicano que incumpla esas medidas; y para completar, que nosotros como ciudadanos no consumamos ningún producto que nos ofrezcan en las calles, así como tampoco venderles nada que pretendan comprar; estaríamos construyendo el más elevado y resistente de todos los muros fronterizos sin gastan un metro de hormigón.

Exhorto al Señor Presidente de la República, revisar con lupa esa medida, ya que podría salirnos más cara la sal que el chivo. Si queremos edificar el muro, ayudemos al gobierno y empecemos aportando la zapata; vamos a construir un muro virtual, un muro de conciencia, un muro en donde nuestros vecinos sientan que venir de ilegales para nuestro país no es su mejor decisión. Vamos a crear políticas de Estado para afrontar con seriedad de una vez y por todas esa realidad con la que hemos tenido que cargar, para no heredarla a nuestras futuras generaciones.

Autor

Cristian Hidalgo
Cristian Hidalgo

Escritor, Ingeniero Civil de profesión y Realtor de oficio. Desarrollador de proyectos inmobiliarios, Asesor de Fideicomisos, Ley 189-11

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