Nutrición

La desinformación nutricional

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Mientras unos informan, otros desinforman.

En los países desarrollados existen normativas específicas acerca de la composición e información nutricional de los alimentos. En España (por ejemplo) y en el ámbito de la Comunidad Europea, en los envases han de constar los ingredientes y valores del producto: energía en kilocalorías y/o kilojulios, cantidad de proteínas, hidratos de carbono y grasas y presencia de alergenos o trazas de los mismos. De esta manera, el consumidor tiene acceso directo a la composición de lo que ha comprado. Hasta aquí está todo correcto.

Por contra, cada vez surgen más alarmistas que intentan provocar miedo a los consumidores, inventando tal vez que determinados aditivos son perjudiciales para la salud y los gobiernos esconden la información, que la «sociedad de consumo» nos obliga a comprar «venenos», que si ingerimos tal o cual cosa «sufriremos las consecuencias» y afirmaciones similares. Estas estrategias, independiente a lo que pretenda cada uno, si es por perversas intenciones o, sencillamente, por la actitud paranoica que desencadena la ignorancia mezclada con soberbia, lo único que consiguen es desinformar y provocar sensación de miedo e inseguridad en las personas.

Un poco de sentido común.

Desde nuestra mente crítica —que todos poseemos— debemos detenernos a reflexionar sobre este tipo de cuestiones. No tiene ningún sentido creer que las persona que trabajan para reglar el mercado de la alimentación, con objeto de mejorar nuestra calidad de vida y velar por nuestros derechos como consumidores (y los de los suyos y sus allegados), se dediquen a favorecer a unos entes a los que todo el mundo insiste en llamar «el mercado y las multinacionales». Hay que pensar que estos supuestos entes, están formados por personas (como nosotros) y sería un argumento digno de un relato de ciencia ficción afirmar que hay unos individuos controlando lo que comemos o dejamos de comer, según sus intereses particulares. Ese ficticio poder se sale fuera de toda racionalidad. Además, en última instancia, somos nosotros los que decidimos. Decidir es tomar la responsabilidad de estar informados antes de actuar y, si es por eso, hoy por hoy lo tenemos servido en bandeja, sin necesidad de hacer caso a ningún charlatán.

No somos lo que comemos; somos lo que hacemos según cómo pensemos.

Todo alimento afecta a la salud de manera positiva o negativa, pero no por ingerirlo en sí, sino por la regularidad con que lo hacemos y el estilo de vida que llevamos. Si es un nutriente, es bueno. Claro que tenemos que ser responsables con nuestra salud y saber cuál es la justa medida de cada uno. Pondré algunos ejemplos.

El vino tinto: una bebida con amplias propiedades cardiosaludables, antioxidantes y anticancerígenas. Eso sí, su consumo ha de ser moderado y nunca debe exceder de entre 100 y 200 ml diarios, ya que de lo contrario, obtendríamos los perjuicios derivados de la alcoholemia elevada.

La mantequilla: es un derivado lácteo rico en vitaminas liposolubles y minerales, además de una buena fuente de ácidos grasos imprescindibles para el correcto funcionamiento del metabolismo. Sin embargo, el exceso de consumo de mantequilla o cualquier tipo de alimento tan graso, es contraproducente si se posee tendencia a tener los niveles de colesterol y/o triglicéridos elevados.

El azúcar: es una fuente de energía por excelencia. Por eso nuestro paladar disfruta con los dulces, ya que poseemos organismos que, evolutivamente (biológicamente), andan buscando constantemente fuentes altamente energéticas para la supervivencia. Es necesaria en dosis moderadas para el correcto funcionamiento del corazón, el cerebro y todas las células en general (10% de la ingesta total). Pero el exceso en su consumo nos dispara la secreción de insulina —hormona encargada de hacer descender los niveles de glucosa sanguínea—, para que su presencia no se vuelva tóxica, lo que provoca desequilibrios hormonales, además de favorecer la aparición de diabetes tipo II.

La conclusión a la que podemos llegar es que toda composición nutritiva es buena en su justa medida y todo aditivo alimentario también es nutritivo, excepto en algunos casos en los que se trata de añadidos inocuos (conservantes) que evitan que podamos enfermar al tomar algo envasado. En definitiva, la información veraz e imparcial es lo que nos hará tomar las decisiones correctas, sin necesidad de hacer caso a todos esos alarmistas que quieren llamar la atención para sentirse importantes.

Imagen: drcastillopediatra.net

Autor

Dolores Latorre
Dolores Latorre

Técnico Superior en Nutrición y Dietética (España). Escritora. Autora de "El fin de la dictadura dietética" (Ed. Círculo Rojo).

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