Prof. María Isbelia A. de Alfonzo

Y YO DE PIE

En Opinión  por

Ya que la muerte no me quiere tomar bajo sus alas protectoras, yo debo apresurarme a ir a esconder mi cabeza entre las tinieblas del olvido y del silencio antes que el granizo de rayos que en el cielo está vibrando sobre la tierra, me toque a mí uno de tantos y me convierta en polvo, en ceniza, en nada. Seria demencia de mi parte mirar la tempestad y no guarecerme de ella… Bonaparte, España, Morillo, San Martin, Francia Portugal, en fin todo cae derribado por la infamia o por el infortunio ¿Y yo de pie? No  puede ser, debo caer…  De esta manera escribe y con pluma sombría nuestro Libertador, y una profunda densidad emotiva encuentra asidero en el acertado cauce de sus palabras sentidas,  la flexibilidad de este manifiesto solo encuentra eco en la delicadeza de su elocuencia, es un desahogo expresivo que Simón Bolívar consideraría como su intima confesión.

Y quien pudiera decirlo que ya el 6 de diciembre de 1830 aquel inquieto Coloso daba sus cortos pasos hacia el tiempo sin regreso cuando a solicitud de Alexandre Prosper  Reverend llegaría a San Pedro Alejandrino dejando tras de sí el desdén de la patria que lo cobijara entre sus alas.

No obstante pensando en este instante a lo que en muchos momentos fuera su vida entre mujeres, ahora ni siquiera la presencia de alguna de ellas, ya su entorno intimo se reducía tres hombres jóvenes Bedford Wilson, Iturbide y Fernando Bolívar, lo que pudiera explicarse como un incidente de la vida dentro de lo tragicómico, pues mientras el Genio de la Libertad agonizaba,  la habitación contigua estaba repleta de Generales desterrados quienes jugaban a las cartas al placer del humo de las cachimbas dentro de un ambiente de discusiones políticas, de esta manera se extinguía poco a poco quien fuera el fuego apasionado propio del Titán del temperamento polemista que lo dio todo sin esperar nada a cambio.

Llego la hora de recibir la unción del crisma sagrado y como todo valiente que se despoja consciente del mundanal apego  comenzó a leer La Ultima Proclama a los colombianos: “Habéis presenciado mis esfuerzos para plantar la libertad donde reinaba antes la tiranía. He trabajado con desinterés, abandonando mi fortuna y aun mi tranquilidad. Me separe del mundo me persuadí de que confiabais de mi desprendimiento, mis enemigos abusaron de vuestra credulidad y hollaron lo que me es mas sagrado, mi reputación y mi amor a la libertad. He sido víctima de mis perseguidores que me han conducido a las puertas del sepulcro. Yo los perdono. Al desaparecer del medio de vosotros mi cariño me dice que debo hacer la manifestación de mis últimos deseos. No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia. Todos debéis de trabajar por el bien inestimable de la unión. Colombianos mis últimos votos son por la felicidad de la patria. Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolida la unión, yo bajare tranquilo al sepulcro, si, al sepulcro, es lo que me han proporcionado mis conciudadanos… Pero los perdono…

Aquella voz se apagaba, tomando la resonancia propia de ultratumba, ruedan lágrimas de todos los hombres allí presentes, de pronto se produjo una diáspora silenciosa, y a la una, el 17 de diciembre Aquel Gigante desplegaba sus alas como el águila real con su ebúrnea blancura perdiéndose en la dimensión etérea…

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