Prof. María Isbelia A. de Alfonzo

La Conciencia es la Voz de Dios. (Fragmentos tomados de esta novela de mi autoría)

En Opinión  por

¡Que reconfortante es encontrarse a sí mismo en el silencio de la noche cuando divaga errabundo el pensamiento! Y de ese íntimo momento probar el sedimento del reencuentro iluminado.

Yo no sé, valga la redundancia si en el sueño está la reticencia espiritual del despertar; tan sólo sé que en mi conciencia descubro mi propia voz, al conversar.

¡Cuánta placidez siente el alma callada! Del sosiego imperturbable, una paz inagotable, una calma sugerida, una conversación predecible con mi ser combinaría… Diré más: Eternidad y elevación del fascinante silente además resultarían,  sabiduría y niágara, más bellezas sublimadas en mixtura indescriptible también derivarían.

Ya lo dije, seré un pedazo del calmo reposado, seré una porción de ese silencio que se duerme en la distancia, seré intérprete de esa identificación guardada… Seré ¿Y por qué no decirlo? Chispa del ego, ese mi yo interior o seré acaso chispazo de mi alma, ese otro yo superior consubstancial a nuestra identidad profunda, ¿entonces? También pudiera ser traducible en una partícula soterrada dentro de la  cisura calcarina  tampoco sería menos que una solita chispa de las otras tantas que conforman mi mente activa, acaso también lo indefinible  del ingenio que se traduce en imagen vaporosa en azafranado velo de la conciencia y que resignarse jamás pudiera al extravío… A lo mejor en algún momento emergería en el fluir consciente con alas al viento que se aleja en libre escapatoria a través de un monólogo sagrado.

Tengan en cuenta que en mi intensidad callada seré yo misma conmigo misma en auténtico coloquio espiritual dentro de ese misterioso venero.

Y pensar que después de tanto conjeturar en la noche silenciosa, audaz vuela el pensamiento mío hacia lejanos confines, forjado de lo arcano con alas invisibles… Pero ¡Qué osado! Y a la vez ¡Qué cobarde! Siento una gran molestia, me indigno conmigo misma, otra vez él está detenido allí, allí estático, allí parado, allí indeciso, lejos muy lejos casi a la divisa del espejismo interminable, allí en el preciso linde muy desconcertado; ni más ni menos en la exacta línea del horizonte inalcanzable, allí en esa línea imaginaria sobrado estaba el pensamiento errante, allí estaba el pensamiento peregrino, allí estaba el pensamiento acobardado, allí estaba frenado el pensamiento mío, en  medio de dos mundos diferentes separados por el horizonte.

Si mal no recuerdo les dije que la sensación de eternidad de ese misterioso silencio experimentado, ahora ¡Qué bien lo conocía! Con tanta más razón yo lo evocara… íntima y maravillosa comunicación que muchas veces he experimentado, más no les dije que en ese instante de efímera revelación una gran paz interna inundaría de pronto mi espíritu, también la mente mía, desdibujando con irreverencia el luminoso ropaje del aura, sin embargo, ¡Qué rico y sazonado resulta todo aquello!

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