Hablar mal de los demás en su ausencia

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Los refranes populares son voces que que alguna vez fueron esgrimidas por alguien, tan certeras que con el pasar del tiempo se han convertido en axiomas. Uno de ellos establece: “lo que Juan a expresa de Pedro, dice mas de Juan que de Pedro”. En una misa celebrada en mayo pasado en Casa de Santa Marta, el Papa Francisco dijo: “hablar mal de los demás es una actitud asesina”.

En estos tiempos en que las redes sociales se han vinculado íntimamente con cada uno de nosotros, se ha puesto de relieve esa malsana actitud de la que adolecemos muchas personas en aprovechar los escenarios en que alguien está ausente y sin delegado capaz de ripostar, para detractarlo, acabarlo, resaltando de esa persona cosas que personalmente jamás le dirían.

He escuchado a amigos comunicadores sociales (cuando un determinado político no les pone periódicamente en las manos el sobre con los dos o tres mil pesos que suelen “obsequiarles”) decir: “vamos a entrarle a fulano de tal”. Para ellos, “entrarle” es empezar a resaltar acciones negativas del personaje, algunas de las cuales son inventos que sólo existen en sus mentes.

A diario escuchamos a personas que aspiran a ocupar una determinada posición de elección popular, que ante sus limitaciones e incapacidad de articular un discurso creíble para vender su proyecto electoral, recurren a la infausta y estéril práctica de difamar y descalificar tanto al que ocupa la posición como a sus adversarios (internos y externos) que aspiran a llegar. “El argumento de quien se queda sin razón es la descalificación”.

Del mismo modo tenemos a nuestro rededor, personas tóxicas, dañinas, que contaminan nuestro ambiente, ya que su único tema de conversación es hablar mal de terceros. “Cuando usted vea que a su vecino lo están afeitando, ponga sus barbas en remojo”; pues al permitirle a un amigo que delante de usted hable mal de otro en común, le está otorgado licencia para que mañana hable mal de usted con otros.

Siempre he manifestado que es un pésimo error hablar mal de los demás. En mi vida evito hacerlo; y cuando lo he hecho ha sido públicamente sobre críticas a malas acciones de los principales actores de la vida política nacional; nunca he permitido que en mi presencia lo hagan de otros que no están para defenderse. A todos mis amigos que alguna vez lo han pretendido, los he detenido inmediatamente; ello me ha garantizado además de una inmensa satisfacción, la certeza de que si alguien me preguntase: “tú estabas hablando de mí?” Decirle sin pensar ni temor a equivocarme: “si algo hablé de ti, malo no fue”.

A algunos amigos íntimos les he puesto el siguiente ejemplo: en una tertulia tres personas (Alberto, Delfo y Antonio) tratan diferentes temas; Alberto y Antonio se refieren a Juan; mientras que Alberto dice de Juan decenas de cosas malas, acaba con él en todo el sentido de la palabra, Antonio le riposta y le dice que está equivocado, que el Juan que él conoce, podrá tener defectos como todo ser humano, pero no es ese monstruo que está pintando; entran en total desacuerdo.

Por alguna razón, un día coinciden Delfo y Juan, tocando el tema de Alberto; al Delfo ver que Juan considera a Alberto su amigo, lo pone claro en detalles de lo acontecido aquel día, concluyéndole: “¿Sabes quién es amigo tuyo de verdad? Antonio; ese te defendió todo el tiempo de sus feroces y despiadados ataques”. En alguna etapa de la vida de Juan, éste tiene en sus manos la decisión de entre Alberto y Antonio, salvar a uno y sacrificar al otro, ¿A quién cree usted salvará?

El estómago de las personas se nutre con comida; el cerebro se alimenta con la lectura; y el morbo popular lo hace con el chisme. Yo les invito a renunciar irrevocablemente a esos 5 minutos “de gloria” que sentimos al “acabar” con los demás; ese orgasmo emocional que nos inavade en ese corto tiempo, y que tanto daño hace a nuestras vidas. El día que usted no tenga nada positivo que decir de Juan, póngase a alimentar su cerebro y notará un cambio radical en sus relaciones con los demás y en su propia vida.

Autor

Cristian Hidalgo
Cristian Hidalgo

Escritor, Ingeniero Civil de profesión y Realtor de oficio. Desarrollador de proyectos inmobiliarios, Asesor de Fideicomisos, Ley 189-11

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