Nicolas Mateo

El poder y la Gloria

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Por Nicolás Mateo

En una de esas tertulias amenas que se producen fortuitamente en la calle El Conde, el empresario enganchado a coronel, Kalil Haché, nos contó del entierro de quinta categoría que tuviera la “matrona de la República Dominicana”, María Martínez viuda Trujillo. Contándolo a él como único deudor, la doña fue llevada bajo la más absoluta discreción hasta su última morada en un carro público de la ciudad de Panamá.

Con la sabiduría de un hombre que ha vivido intensamente, Kalil reflexionó sobre las ironías que a menudo nos muestra la vida. Ninguna mujer dominicana jamás tuvo tanto poder, ni tanta gloria, ni tanta riqueza a su disposición como la viuda de Rafael Leónidas Trujillo, sin embargo, en su sepelio no hubo marcha fúnebre, ni honores militares, ni panegírico, ni llantos simulados, ni muestra irreverente de dolor, sólo un amigo fiel en un automóvil público que llevó a la difunta al campo santo.

Y así es la vida, como si buscase un equilibrio, frecuentemente despide en silencio a quienes han agotado su existencia en la más connotada estridencia, y nos enrostra que las cajas de muerto no tienen bolsillos, y que las luces, las cámaras y los flash inflan el ego del poder, pero no sirven para la gloria.

Esta historia que nos contara el más fiel y afable de los trujillistas, la cuento sin la mínima esperanza de sensibilizar a quienes desde el poder han levitado para ir a ocupar un lugar de primera junto a los Dioses en el Olimpo.

Ello no tienen tiempo para mirar a un lado, ni para disquisiciones triviales, se aferran a los puestos como una naufrago a su madero, ensordecen aunque no enmudecen, no se corrompen sino que se desenmascaran, entran por la puerta grande al poder, pero salen por el patio a la vida, aunque no les importa.

Maltratan, humillan y avasallan, poseen una extraordinaria memoria de hormiga, por eso andan en fila India para poder retomar el camino que le llevara al mismo lugar y a ninguna parte. No son afectivos, no dan un abrazo con sinceridad y creen que todo el mundo es un estorbo hasta que llega el momento de votar de nuevo.

El poder los desnuda, la abundancia de lo ajeno los envilece, nunca tienen la respuesta exacta de nada, no tienen dignidad ni decoro cuando se pone en juego su puesto, no renuncian a nada. Se mudan a una burbuja al vacío donde no entra ruido ni calientan los rayos del sol, y casi siempre tienen dos caras: una de ingrato y la otra de gusano.

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