Prof. María Isbelia A. de Alfonzo

EL CISNE DEL AVON

En Opinión  por

Más allá de las sombras de la duda vuela El Cisne del Avon con contornos gigantescos como queriendo atenuar en el aleteo de sus alas regias el misterio de su cuestionada existencia, porque William Shakespeare al morir dejó su vida envuelta en una vaga penumbra, sin embargo su obra iluminada por la luz de la sabiduría se inmortalizaría en las paredes del tiempo con resplandores eternos.

La grandeza de su genio se muestra en la forma magistral de la manera que va iluminando los más recónditos pliegues de la naturaleza humana.

Y al recorrer la luz deslumbrante de la perfección de la obra nos encontramos dos vertientes bien definidas: La Lírica y La Dramática, las dos igualmente inmortales porque en ambas mostró su asombrosa fuerza creadora en el vuelo majestuoso de su estro poético, su erudición era tan vasta como sólida como quedo demostrado en los extraordinarios Dramas Históricos…

Un Critico pudo afirmar que Shakespeare conocía todos los libros, a esta conclusión se llega rastreando las influencias literarias que se advierten en sus producciones, cuya fuente de inspiración se precisa desde Plauto y Marlowe hasta el Conde Lucanor y Boccaccio.

Es significativo su dominio en lenguas como el latín y el griego y que debió ejercer dominio sobre el italiano toda vez que algunas de sus Comedias proceden de las Novelas de Bandello y Ariosto.

En los mismos escenarios el Filólogo Max Müller había comprobado que el vocabulario de Shakespeare abarca el doble del de Víctor Hugo y por supuesto no le era desconocido el Arte Militar, la Geografía, el Derecho y la Astronomía. Forzoso es reconocer que ningún conocimiento humano le era ajeno y en su mente había cabida para todas las ramas del saber, siendo condición de su genio abarcarlo todo, de pronto nos lleva de la mano al reino de la fantasía donde se mezclan personajes reales e imaginarios, un deslumbrante cortejo de Hadas, Duendes y Silfos, personajes de ficción que asoman con extraordinaria vida como animados por el soplo del espíritu, ríen y lloran como en su SUEÑO DE UNA NOCHE DE VERANO.

En OTELO por ejemplo ha personificado los celos con tal vigor que muy acertadamente ha dicho Don Marcelino Menéndez y Pelayo que los celos del matador de Desdémona son tan bárbaros, groseros, brutales y tan indestructibles como la misma naturaleza humana en la cual tiene su raíz.

Y si Otelo es la personificación de los celos, Macbeth encarna la ambición, Hamlet Príncipe de Dinamarca aparece como el espíritu de la duda sintetizado en la pregunta de su famoso monólogo ¿Ser o no Ser?

En la galería de sus creaciones inmortales se destaca con contornos gigantescos la figura apocalíptica del Rey Lear, clamando contra la autoridad, la mujer y la justicia.

Y en LA TEMPESTAD gritaría con toda estridencia: “Sopla Tempestad…”

El que fuese de origen humilde no le impediría ser el autor de esa maravillosa constelación Dramática.

¿Y por qué no admitir lisa y llanamente que El Cisne del Avon fue un autor humilde pero inspirado, oscuro pero genial?

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