Prof. María Isbelia A. de Alfonzo

LEÓNIDAS, EL DE LAS TERMÓPILAS

En General - Opinión  por

Tantos siglos de historia nos contemplan como así lo dijera Apolonio de Rodas en su oportunidad, y mi afán de atracción y sensibilidad permanente se mantiene definido en la mente, en el alma impregnado, surcando las profundas aguas en los ríos del espíritu, fijo en la distancia, suspendido en lo etéreo, inefable constancia de mi sentir profundo por aquél valiente guerrero, símbolo del valor espartano qué le dio ímpetu al Desfiladero de Las Termópilas a la forja de un pasaje bélico que el tiempo se encargaría de transformar en un pozo de leyenda.

Y al descorrer los muchos velos del tiempo desde aquel Teatro de Operaciones guerreras, las emociones espirituales surgen de lo imprevisto como un sol interior al traer al presente la impactante y decisiva expresión de Leónidas, el Estratega de Las Termópilas al recibir el mensaje impertinente de Jerjes, el presuntuoso Rey persa: -Rinde las armas -El valiente espartano conminándolo a la férrea lucha escribiría al pie de página: -Ven a tomarlas.

Si la expresión marcial del espartano desde aquel instante se inmortalizaba en el tiempo y en el espacio, más resultaría un símbolo marmóreo el diálogo sostenido por Leónidas y sus guerreros a escasos minutos del combate entre espesos vapores al preludio del anochecer.

Sin más preámbulos dicen los espartanos a Leónidas: -Está el enemigo entre nosotros… -Señores -Dijo Leónidas con voz firme -Cito sus palabras: -Y nosotros ante él.

Responden luego los guerreros: -Nuestros dardos y flechas eclipsarán el sol.

Contesta el más valiente con la prontitud de un rayo: -Tanto mejor de esta manera lucharemos a la sombra.

Los guerreros espartanos convencidos a defender el Desfiladero con medios tan desiguales contra el ejercito sofisticado del Rey Jerjes, solo con la única ventaja de lo muy escarpado y estratégico de su posición, durante tres días rechazarían a los invasores persas, hasta que Efialto, el traicionero del grupo y conocedor del terreno mostró al enemigo la manera perfecta de rodear el monte y la táctica de penetración para sorprender a los griegos por la espalda.

Entonces Dios y el demonio se disputan el alma del hombre y el campo de batalla es el corazón de ese desdichado decía Dostoievski, y cuando Leónidas al ver la avanzada persa y sabiendo que ya no podía eludir la muerte, reunió a sus soldados en una cena frugal diciéndole en sentencia triste y final: -Esta noche cenaremos en la Casa de Plutón.

Difícil y reñida fue la lucha en un fuerte enfrentamiento que terminó con la muerte, Leónidas el de Las Termópilas cayó en buena lid defendiendo el Desfiladero, la victoria le valió a Jerjes, el Emperador Persa la conquista de Atenas.

Estos hechos de heroísmo magnificado merecieron que el poeta Alceo de Mitilene le dedicara la siguiente inscripción: -Viajeros, ve y di a Esparta que hemos muerto por defender sus leyes

No quedaría burlada el ansia de lucha de otro osado guerrero en acción defensiva sería Temístocles quien osa proferir: -No quedará sin castigo aquel infame que vulneró nuestro territorio, vendría entonces otra lucha feroz que habría de decidir un destino.

Nos cuenta la Historia en páginas del tiempo que al rayar la aurora los beligerantes inician el combate, reina la confusión entre los guerreros orientales cuando los griegos atletas abordan los espacios persas, ya es un hecho la derrota total de la armada persa, Jerjes abandona el territorio griego, liberado gracias a la victoria naval de la famosa Batalla de Salamina en un magnífico desenlace.

Temístocles en la cúspide de la gloria se envanece volviéndose arriesgado, posteriores intrigas políticas quebrantan su confianza, finalmente ante una acusación de traición deciden por voto popular condenarlo al ostracismo, se retira a Argos y luego a Persia donde Artajerjes sucesor de Jerjes lo distingue con muestras de respeto y le ofrece el estado de Magnesia, allí vivió hasta los 65 años, como verás sus acciones fueron contradictorias toda vez de registrarse en su vida hechos grandes, pero también otros mezquinos que enturbiaron su recuerdo.

La hazaña de Leónidas eternizada en el tiempo mereció la admiración del valor espartano, mientras la poesía y el arte también harían lo suyo transformando en leyenda el episodio.

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