El ídolo de barro

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Hay una refrán popular que dice: «cuando el barco se va a hundir, las ratas salen a superficie». En el ambiente de la navegación se sabe que cuando las ratas se lanzan al mar es porque el naufragio es inminente, ya que esos roedores tienen un especial sentido para predecir este tipo de desastres antes de que sucedan.

Dentro de la raza humana, existen unos roedores mucho peores que las ratas en sí: a ellos los vamos a bautizar como  «los lagoteros»; una especie peor que los cuervos porque mientras éstos devoran cadáveres, los lagoteros devoran a los vivos; las pirañas son mas decentes que esos seres tan despreciables; de sus semejantes aprendieron a soplar a sus víctimas para anestesiarlas y morderlas sin que éstas puedan advertirlo, hasta que de su anatomía sólo quede la osamenta.

A los lagoteros se les identifica con mucha facilidad, porque suelen andar en manadas pero no revueltos; todos se creen las grandes estrellas y asesores de algo; sienten celos entre sí, porque procuran protagonismo en la madriguera que los acoge; pero tienen algo en común y es que todos se juntan en un mismo lugar. Son deleznables figuras que hacen daño desde dentro, pero mucho mas desde fuera; como víboras venenosas dispensan su veneno sin necesidad de morder.

Los lagoteros simulan ser los seres mas fieles, leales e incondicionales del planeta, pero sólo durante sientan fluir por su garganta el contenido de la teta que tienen atada a sus bocas (como los haitianos). Aunque tal vez por mi corta edad no pueda dar testimonio de los actores del período 1978-86, mas sí desde ahí hasta el 90 (en los 10 años de gobierno del Dr. Joaquín Balaguer, en mi natal provincia San Juan), aunque mas jóvenes los veía merodear la manzana de las calles Colón, Santomé, 19 de Marzo y Gral. Cabral. El rey supremo de la política, ahí tenía su centro laboral y de operaciones.

Una vez los lagoteros devoraron a ese líder, cuando ya nada tenía que dar, tomaron el barro, un poco de agua y lo trabajaron finamente hasta esculpir al líder de la Mariano Rodríguez, Caonabo, Dr. Cabral y Estrelleta. Allí, en el patio se sentaban los lagoteros con sus caritas lánguidas a hacer lo único que saben; ponían a levitar al personaje del momento, mientras le extraían hasta la última gota de zumo de sus entrañas.

La capacidad de reciclaje del barro de los lagoteros es tan impresionante como la de moldearse. Ese escenario dejó de ser atractivo para ellos, cuando le dieron vida a la escultura que erigieron en la Areito, Corral de los Indios, Maguana y Sabaneta. ¿Pero es que los años les pasan por encima o es que surgen de generación en generación y algunos se jubilan de ese oficio? Lo cierto es que allí también hicieron gala de sus dotes de «asesores» hasta convertir a ese ídolo en casi nada. Muchos lagoteros se han hecho profesionales y convertido de analógicos a digitales.

Para no cansarles con el recorrido de los lagoteros, en su caminar de altar en altar, encendiendo velas a los santos de los que esperan milagros; puedo sintetizar que luego de devorar a ese ídolo, se mudaron con sus caritas de «yo no fui», para la calle Corral de los Indios, luego para la General Cabral; posteriormente a una casa en la Colón, cuyo anfitrión se mudó luego para Villa Felicia; y por último, con el mismo barro se trasladaron a la casa del frente, en cuya alfarería erigieron al gran ídolo.

Hoy, los lagoteros han abandonado al gran ídolo y otrora todopoderoso, porque ya «su árbol no da sombra»; ahora se han hospedado en otra guarida, desde donde se maneja la meca del poder en toda la región. Allí han logrado esculpir un nuevo ídolo de barro. A diario desfilan para ponerse presentes y que le conste el «incondicional» apoyo que le profesan. Quien no esté alineado con el nuevo ídolo de barro, se jode porque le cancela; y si no está nombrado, le nombra y luego le hace cancelar; porque debe quedarle claro «quién manda aquí».

Una característica muy especial de los lagoteros es su elevada capacidad para crear con tanta agilidad, prontitud y destreza al «ídolo de barro». Le endiosan, le hacen sentir estar al mismo nivel que Jesucristo; por su nuevo líder son capaces hasta de ofrendar sus propias vidas; en su honor se gradúan de sicarios (si así se lo pidiese su líder); enfrentan públicamente a quienes ayer fueron sus «guías espirituales»; y lo peor de todo es que en la mayoría de los casos, el líder de barro tiene hueca la cabeza y se cree la «movie» que le pintan sus vasallos.

Esos rufianes, lisonjeros, facinerosos, sicarios de la dignidad, parias de la decencia, traficantes de la inconducta; no son mas que pobres diablos cuyo desayuno es el servilismo, almuerzan con la vileza y cenan en maridaje con la felonía. Usted los ve a algunos disfrazados de blancas palomas, a otros con finos atuendos que cubren sus garras, otros conatos de Joao Santana; pero en la postrimería de su poderío se transforman en los sepultureros que le llevarán a la tumba.

Hay una frase que dice: «seres semejantes se atraen por afinidad vibratoria», lo cual va en complicidad con algunos ídolos de barro que se rodean de los lagoteros que merecen; porque en el fondo no son diferentes, es mas, son iguales o peores que ellos; otros que por esas pirañas lo han hecho todo, les han dado de todo, se les han entregado en cuerpo y alma; esos no son mas que víctimas de sus perversas maquinaciones.

Si un ídolo de barro desea saber cuanto vale para los lagoteros, bastaría voltear la cabeza y ver cuánto valen los que fueron despojados del barro con el que está esculpido. Esos lagoteros, son los mismos que mañana se mudarán desde donde hoy se encuentran, para concebir una nueva alfarería, en donde construirán su guarida y dejarán erigido al nuevo ídolo de barro; el cual podría ser uno de los anteriores que se haya reciclado o alguien nuevo que haya surgido.

Lo que sí debe tener muy en cuenta nuestro actual ídolo de barro, es que sus lagoteros una vez le dejan en la osamenta y se van con su barro a otra alfarería, se transforman en francotiradores, despiadados, inmisericordes y sicarios de su moral; que todo cuanto saben lo lanzan al espacio. Ahí y sólo ahí, el ídolo de barro se da cuenta que está como la «Estatua de la Libertad»; libre, pero solitaria; porque en el fondo el único real y verdadero líder no es el actor, sino el personaje que lo encarna; pero los lagoteros son eternos porque hacen ellos mismos su propio papel.

Autor

Cristian Hidalgo
Cristian Hidalgo

Escritor, Ingeniero Civil de profesión y Realtor de oficio. Desarrollador de proyectos inmobiliarios, Asesor de Fideicomisos, Ley 189-11

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