Prefiero vivo a mi ex presidente, aunque sea un «señorito»

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Todos los dominicanos mayores de 46 años de edad recordamos el día 4 de julio no porque celebremos la Independencia de los Estados Unidos de América, sino por aquel fatídico domingo negro en que nuestro Excelentísimo Señor Presidente Antonio Guzmán, avergonzado por los múltiples actos de corrupción con que era atacada su gestión (muy especialmente los que se atribuían a sus familiares más cercanos), prefirió suicidarse en su despacho del Palacio Nacional, antes que sufrir los vejámenes y despiadados ataques de que sería objeto, empezando por escuchar el discurso del Dr. Salvador Jorge Blanco. Nadie en su sano juicio podrá cuestionar la honorabilidad, honradez, seriedad, pulcritud y responsabilidad con que se manejó don Antonio en la dirección del Estado.

El próximo 16 de agosto, corresponde al excelentísimo señor presidente Danilo Medina, entregar la banda presidencial al electo presidente Luís Abinader, en medio de denuncias de actos de corrupción en sus gobiernos, señalándose como principales protagonistas a sus hermanos, cercanos colaboradores, amigos y relacionados. Aunque ambos escenarios tienen alguna similitud, conforme a la opinión ciudadana lo que ocurrió en el período 78-82 en todo el gobierno no equivale ni a una dirección general de lo que ha pasado en el presente.

A pesar de la falta física de don Antonio Guzmán, el presidente Jacobo Majluta escuchó el discurso de Jorge Blanco; 4 años más tarde, en uno de los gobiernos más corruptos que registra la historia del país, el Dr. Salvador Jorge Blanco aguantó como un hombre el discurso de Balaguer, siendo en lo sucesivo sentenciado a cumplir 20 años de cárcel, por su responsabilidad en la corrupción producida bajo su mandato; el Dr. Joaquín Balaguer se sentó como «macho» a aguantar el discurso del Dr. Leonel Fernández; y éste el de don Hipólito Mejía. A pesar de su gobierno haber sido bautizado como «narco estado» y otros epítetos, don Hipólito no salió corriendo y aguantó el discurso de Leonel en el año 2004; a pesar que Leonel conocía perfectamente el discurso de toma de posesión de Danilo Medina, estuvo ahí en los actos protocolares.

Es cierto que «lo que la ley no prohíbe, lo permite»; no menos cierto es que no existe en este país una ley que obligue al presidente saliente hacer acto de presencia en los actos protocolares, sino que su responsabilidad se limita a el día 16 de agosto entregar la banda presidencial al presidente de la Asamblea Nacional, para que éste a su vez se la coloque al nuevo presidente. Sin embargo, no hacerlo se percibe como un acto de irresponsabilidad, cobardía, irrespeto, prepotencia, soberbia; y una desconsideración que no merece su sucesor.

Luego del histórico gobierno que presidió el Lic. Danilo Medina en sus primeros 4 años, obteniendo consecutivamente el título del «mejor valorado del continente» y llegando en sus primeros dos años de su segundo mandato a ser valorado como el segundo mejor mandatario del mundo (sólo superado por Vladimir Putin de Rusia), hoy echa al zafacón de la historia todas esas luces de sus mandatos, sellando con broche de oro la pusilánime actitud de comportarse como un «señorito» incapaz de escuchar la alocución del entrante presidente. Aquí se rompe el refrán que dice «nunca hay una segunda oportunidad para una primera impresión».

A pesar de todo lo anterior, hay algo que es importante destacar: aunque se ha argumentado que la ausencia del Señor Presidente es por motivo del distanciamiento social, la realidad es que ya él conoce el contenido del discurso que tiene elaborado para la ocasión el nuevo mandatario; está informado además que hay grupos que se apostarán en las afueras del Congreso Nacional para hacerle lo mismo que a Leonel Fernández en aquel restaurante de Nueva York en el año 2015. Si el presidente Medina no se siente preparado para afrontar esa realidad, ha elegido el camino que más le conviene a su salud física.

Un hombre serio, que tenga el mínimo respeto hacia su persona, con todo lo que se le atribuye a su gestión, sólo tiene tres camino: actuar como don Antonio Guzmán, arriesgarse a sufrir un infarto con lo que va a escuchar tanto en la Asamblea Nacional como en sus afueras o no dar la cara. Sea cual sea la decisión del actual presidente, lo prefiero avergonzado o «señorito», pero vivo. No quisiera que en este país se repita nunca más ese lamentable hecho en el que perdió la vida uno de los presidentes más serios que hospedan las páginas de la historia dominicana.

 

Autor

Cristian Hidalgo
Cristian Hidalgo

Escritor, Ingeniero Civil de profesión y Realtor de oficio. Desarrollador de proyectos inmobiliarios, Asesor de Fideicomisos, Ley 189-11

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